Los excluidos del país codificado

Por Alejandra Díaz
13 de mayo de 2003
Redacción Periodística II

Hay pocos acontecimientos que paralicen a la Argentina en la forma en que lo hace el clásico de clásicos, que enfrenta en el “verde césped” a los equipos de River y Boca. Ni siquiera los hinchas neutrales son indiferentes a los dos encuentros que cada año cruzan a “millonarios” y “xeneizes” por el torneo de fútbol de primera división. 

“De chiquilín te miraba de afuera, 
como a esas cosas que nunca 
se alcanzan, la ñata contra el vidrio…”
Cafetín de Buenos Aires 
(E. S. Discépolo)

Hay pocos acontecimientos que paralicen a la Argentina en la forma en que lo hace el clásico de clásicos, que enfrenta en el “verde césped” a los equipos de River y Boca. Ni siquiera los hinchas neutrales son indiferentes a los dos encuentros que cada año cruzan a “millonarios” y “xeneizes” por el torneo de fútbol de primera división.

Ese partido se palpita en las semanas anteriores y se sufre o se goza mucho tiempo después de que el árbitro señala el centro de la cancha por última vez. Entonces, ¿cómo no ser partícipe de un evento de tal magnitud, aunque más no sea como televidente?
Sabido es que la codicia de la empresa Torneos y Competencias codificó las pasiones a 9 pesos por mes, así que ahora ya no alcanza con “robarse” el cable –acto que tiene la hidalguía de esos robos sociales que ahora escasean-, para disfrutar de los clásicos hay que abonar un plus a la excesiva cuota mensual. 

Si uno no tiene amigos que paguen el codificado o si tiene los bolsillos deshidratados como para hacerse cargo de alguna consumición que habilite la entrada en una confitería con televisor grande, corre el riesgo de no tener nada para comentar al otro día. ¿Qué va a contestar cuando el quiosquero le hable del penal no cobrado? ¿Qué va a decir él –justo él que se perdió el partido- de las oportunidades desaprovechadas por ese delantero que tanto detesta?

¡Qué distinto era el año pasado! ¡Qué buenas épocas para los fanáticos huérfanos de codificados! ¡Qué bien que estábamos cuando estábamos mal, pero no peor, cuando teníamos la vidriera de Stamaris al alcance de nuestros ojos!

La siesta del domingo mataba de tedio, pero las agujas se avecinaban a dar las cinco, los nervios ya se habían comido las uñas y empezaban a hacer estragos en el estómago. La radio aumentaba la ansiedad, pensar en afrontar un superclásico por la radio es un desafío titánico, no apto para corazones sensibles. Pero siempre había una solución, una tabla a la que aferrarse, y estaba ahí, a unas cuadras.

Los primeros en llegar a Stamaris ocupaban las plateas sentados en los canteros, los demás se iban acomodando como podían. Una mirada de reojo destilaba rencor a los parroquianos de El Nuevo Molino más cómodos y mejor atendidos. Con el comienzo del partido arrancaban los cantos que rápidamente mutaban en puteadas y cargadas. Los minutos se gastaban en goouuu!, ooole! o uuuyy casima´lamete!. Los goles se festejaban colgados de la reja que reemplazaba estoicamente al alambrado. Los River-Boca en Stamaris convocaban más gente que la Multisectorial.

Con el resultado puesto, los perdedores emprendían la retirada en medio de cargadas y con la ignominiosa derrota pesándole en los hombros. Mientras que los exultantes ganadores copaban la esquina de Tucumán y Avenida Roca y teñían con su color el rojo oscuro atardecer.

El naufragio argentino se comió los televisores de Stamaris y el lugar de encuentro de esa misa pagana en la que comulgaban los excluidos del país codificado. ¿Adónde van ahora? ¿Dónde están? ¿O es que acaso también les han robado esa efímera alegría? 

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