La aventura del río 9 de julio

Por Yanina Spangaro
13 de mayo de 2003
Redacción Periodística II 

Caen cuatro gotas locas y es imposible pasar de un lado al otro lado de la ciudad. Si vivís en Rodhe y Kennedy o Neuquen y el canalito y la tormenta —entiéndase 80 milímetros de precipitaciones, como mucho—, te agarra, por ejemplo, en Villegas y General Roca, bueno... lamento comunicarte pero ¡fuiste! Y esto ha pasado siempre, desde que tengo memoria. 

Hablando de memoria, me acuerdo de un aguacero de invierno hace 15 años. Yo estaba cursando el tercer año en el Colegio Nº1, en la calle Villegas y General Roca, en un edificio actualmente abandonado. Todos los días iba y venía a clases con una amiga que vivía cerca de mi casa.

Como podrán ir deduciendo, yo vivía en la calle Rodhe y ella, a tres cuadras, en la Neuquén y Canalito. La tormenta de invierno comenzó a eso de las 12 del mediodía. Estábamos en la clase de manualidades limpiando la arcilla chirla que un vivo tiró al techo y que, al no adherirse, terminó en el piso y las cabezas de dos compañeras. A los 15 minutos, preceptor avisó que nos podíamos ir temprano, antes de que se inundaran la 9 de Julio, la España y la Maipú y alguno no pudiera llega sano y salvo a su casa.

Por supuesto ya era tarde. Yo, en un acto infamante, escapé sin decirle nada a mi compañera y me fui a la casa de unos amigos de mis padres, a media cuadra del colegio, para que me alcanzaran a mi casa. No fue egoísmo puro, lo juro. Sólo un poco de vergüenza de pedir que nos llevaran a las dos. 

Habré tenido que esperar unos 20 minutos hasta que salimos. Y acá viene lo peor. Nosotros circulábamos por la avenida Roca de norte a sur. Al llegar a la intersección con Tucumán, el tráfico se volvió pesado. Algunos coches daban la vuelta en U pero otros tantos se aventuraban a cruzar lo que constituía un verdadero torrente. La calle 9 de julio se había convertido en el Río 9 de Julio. La corriente bajaba de oeste a este cubriendo de vereda a vereda.

Como íbamos en camioneta, intentamos pasar. Lo hicimos muy lentamente, en primera y sin apretar el acelerador. Yo miraba cómo las ruedas generaban olas que se iban abriendo una estela enorme. Siguiendo el interesante espectáculo mis ojos fueron a dar al puente que, infaltablemente, es colocado atravesando la calle en cuanto empieza a llover. Un puente móvil que, valga el comentario, mide 3 cuartas partes de la distancia necesaria para cruzar logrando mantener seco el calzado. 

Cuando mi mirada por fin se posó en la plataforma del puente que estaba en la mitad de la calle, pude observar en él a mi compañera. Estaba absolutamente inmóvil, rodeada de agua, empapada por la lluvia, el pelo chorrenado (seguía lloviendo a cantaros), las manos apoyadas en la baranda y la mirada perdida en la corriente de agua. Acá lo terrible, fue lo que hice. Más bien lo que no hice.

No pude hablar. No dije nada como "¡Alto, hay una persona que conozco en problemas! ¡Vayamos a por ella! ¡Siganmén mis valientes!” Fui una vil cobarde. Sí, lo reconozco. Sólo por vergüenza de adolescente no pedí a la amiga de mis padres que se detuviera y la levantáramos.

Llegué a mi casa sin poder sacarme de la cabeza la imagen de Verónica —así se llamaba—, en el medio de ese río urbano, sin poder bajar ni por un lado ni por el otro. Absolutamente anegada. Me cambié de ropa, puse la mesa, comí pero no podía con mis remordimientos así que fui hasta su casa a ver si había llegado. Me atendió el padre, “mirá, todavía no llegó, debe haberse ido a la casa de la tía”, dijo.

Yo me puse colorada pero no me animé a decirle nada. Creo que eso fue lo pero de lo pero que hice. A lo mejor, si le contaba, todavía la podía ir a buscar. Pero me calle por temor a que me preguntara cómo la había visto y se diera cuenta de la que la había abandonado a su suerte. 

A la mañana siguiente la pasé a buscar como todos los días para ir al colegio. Me volvió a contestar el padre. “Mira, la vero está en cama. Ayer se enfrió y ahora está con una fiebre terrible. Hoy va a faltar”, “bueno, a la tarde vengo para traerle la tarea”, respondí. Pero, la verdad, no fui sino hasta dos días después y sólo porque seguía faltando. ¡En esto estuve mal!

Le llevó unos 10 días de cama y dos cajas de antibióticos pero al fin se recuperó. Por supuesto, nunca le conté nada que la vi empapada en el puente mientras yo pasaba seca, sana y salva en camioneta. ¡Creo que ahí me equivoqué! La cuestión es que todavía, 15 años después, cada vez que llueven dos gotas, la bendita 9 de Julio se inunda llegando veces donde se torna imposible pasar de norte a sur o de sur a norte de la ciudad. 

Obviamente, nadie se hace responsable. No conozco ningún intendente que haya propuesto en su campaña electoral solucionar este viejo problema. Menos que lo intentara cuando ya estaba en el poder. El diseño de la calle tuvo su razón de ser para permitir encauzar los aluviones que bajaban de la barda norte mientras no existían defensas que los frenaran. Una vez construidas las defensas, la función que cumplía ya no la cumple más. Por el contrario, sólo sirve para complicarle la vida los días de lluvia a los pobres peatones. La única gran idea que se les ocurrió, son esos benditos puentes, que siempre quedan cortos, que nunca tienen rampas por lo que hay treparse para subir, y que cada tanto aparecen y desaparecen debido a que se usan los dos o tres que existen en toda la ciudad para cubrir las 30 o 40 cuadras que se innundan. 

Por eso, cada vez que llueve y por algún motivo salgo en auto, trato de socorrer a cuanto peatón encuentre en dificultades para cruzar el río 9 de julio. Algunos aceptan agradecidos y otros más bien extrañados, pero al menos, los que aceptan, me ayudan a purgar aquella vieja culpa que aún me aflige.

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