La vida sobre ruedas

Por Marta Tenebérculo y Ángela Odetto 
13 de mayo de 2003
Redacción Periodística II

- Disculpe, señor. En este lugar no puede estacionar.

Nos cierra el paso.El conductor, fastidiado, vuelve a poner en marcha su auto y, con maniobras bruscas, se ubica más adelante.
Hay luchas pequeñas, cotidianas, que vivifican la letra muerta de muchas leyes. ¿Quién estaría en contra de una norma que garantiza los derechos de los discapacitados? Sin embargo, la desaprensión de este conductor revela el costado hipócrita de una comunidad que necesita legislar sobre el sentido común, para después violarlo sin pudor.

Lucho Arraigada tiene cincuenta y siete años y la poliomielitis lo condenó a usar, desde hace cuatro décadas, una silla de ruedas. Su necesidad de libertad lo impulsó a inventar un artefacto cuya ingeniería sólo pueden imaginar aquellos que se resisten a la sujeción de lo inevitable y trascienden los límites que impone la realidad. Una corona de bicicleta, pedales que se traccionan con las manos y el impulso vital de un espíritu inquieto. Fornido –diríamos atlético- desde la cintura hacia arriba, con una musculatura que revela el esfuerzo diario de ponerle el cuerpo a la adversidad.

Siempre está en la misma esquina: Avenida Roca y Tucumán. La más concurrida de la ciudad. La elige porque es lugar de encuentro. El sitio que le permite hacerse visible y vincularse con la gente. Si la incomunicación, la indiferencia, la soledad caracterizan a la sociedad de nuestros días, Lucho es la contracara de la realidad. Un programa semanal en un FM y sus actuaciones en encuentros populares de música folklórica, lo ponen de manifiesto.

Sólo aquellos que están lacerados por la necesidad, saben del valor de un gesto generoso. Como no podía ser de otra manera, Lucho Arraigada es un colaborador permanente de cuanta actividad solidaria se realice. Con su canto, la difusión o la organización. 
Los escenarios ejercen, sobre él, una atracción que su imposibilidad física no puede cercenar. ¡Cuántas veces debe soportar el ser aupado como un niño! Todo para poder cantar y lograr la metamorfosis de la rigidez de un cuerpo inmóvil en la ternura de su poesía comprometida con el mundo patagónico.

Por esa necesidad de relacionarse y de buscar soluciones comunes, participó en todas las iniciativas que impulsaron la defensa de los derechos de los discapacitados. Lucho no es “un hombre que está solo y espera”. Hace, se compromete, gestiona respuestas colectivas, crea conciencia. Aunque el fracaso, a veces, le gane la pulseada. Hace unos años intentó crear una mutual para personas de bajos ingresos, pero la burocracia no se lo permitió. Los pobres, en esta sociedad capitalista, no tienen lugar para la autogestión. Los requisitos formales son más importantes que el bien común de los más comunes.

En todos los estamentos oficiales existen reglamentaciones referidas a barreras arquitectónicas y necesidades de los discapacitados. Son de implementación obligatoria para los edificios públicos y privados de carácter público. Sin embargo, cada vez que Lucho necesita hacer un trámite en algunos bancos o comercios, debe exponerse a la humillación de no poder ingresar y quedar librado a la buena voluntad de alguien que le pide por favor a un empleado para que lo atienda en la vereda.

Llueve. Son las seis de la tarde. Lucho emprende el regreso a casa. Lentamente, avanza entre los autos y esquiva los charcos, pero no puede sortear la desidia de los conductores que, mimetizados con la insensibilidad de sus máquinas, aceleran la marcha y lo enchastran

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