El médico de zapatos
Por Daniela Fernández
Agosto 2007
Redacción Periodística I 

Hoy caminando por calle Mendoza me detuve a observar un pequeño local en donde se arreglan zapatos y me quedé pensando: ¡Qué oficio el del zapatero! Arreglar calzados para ganarse el pan de cada día.

Lo primero que se me ocurrió al pasar por allí es asomarme a la puerta de vidrio y mirar adentro. Estantes llenos de zapatos de todas las clases, colores y tamaños, amontonados como sardinas esperando a ser retirados y uno que otro desparramado por ahí, era todo lo que había.

Cuánta gente que ha dejado sus zapatos y jamás volvió a buscarlos, robándole tiempo y espacio, además de dedicación al zapatero.

Qué hombre de oficio ¿no? Uno no sabe arreglar zapatos y hay otros que lo dejan como nuevo. Lo habrá aprendido en un curso eso ¡no sé! Tal vez su abuelo era zapatero, después fue su padre y ahora él.

Recordé por un instante, parada en la vereda, que tengo unos estiletos, según dicen mis amigas, a los que yo prefiero decirles zapatos con punta para simplificar mi vocabulario, para traerlos a arreglar. Tengo que hacerles cambiar el taquito porque hacen mucho ruido y eso hace que más de uno eche la mirada hacia atrás para ver quién viene.

Creo que en la ciudad no hay más de dos o tres locales pequeños como éste en donde se arreglen zapatos.

Por lo general yo traigo los míos acá y hay veces que me digo ¡Cómo voy a tirar estos zapatos! Y vengo, los pongo en una bolsa y los dejo por unos días en lo del médico de los calzados.

Tal vez haya otras personas como yo, que concurran al zapatero y otras que no vengan y no piensen igual. Ésas son las que ayudan a que un oficio que ha perdurado por años caiga en decadencia.

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