La panadería, un lugar de encuentro

Por Natalia Cabral
Agosto 2007
Aguafuertes Valletanas 
Redacción Periodística I

Es imposible pasar por esa panadería sin detenerse a comprar algo. Ese olorcito a bizcochos calentitos, a pan recién salido del horno te obliga a detenerte y cuando te querés acordar ya estás adentro.

“Esa panadería” se encuentra en la calle Mendoza, esquina Salta, ubicada frente a laFacultad de Derecho y Ciencias Sociales.

Este famoso local de cortinas verdes (no se crean que es muy grande porque es bastante diminuto) es un lugar de encuentro donde concurren personas de todas las edades. Chicos y grandes se dan cita en busca de algo rico para acompañar la merienda, o por qué no, unos buenos mates.

Desde la vereda de enfrente observo cómo los estudiantes entran y salen como en manadas. Cualquier recreo es bueno para cruzarse a la panadería: facturas, alfajores, bizcochos, tortafritas, grisines son algunas de las variantes que nos ofrece.

Entre las 18:00 y las 20:00 el local se llena de gente. No sé si será que justo a esa hora todas las carreras coinciden en darle un recreo a los alumnos, pero lo cierto es que los estudiantes copan la panadería como apoderándose de ella y, sin protestar, se disponen a hacer una largas colas a la espera de los bizcochitos.

A pesar de la gran variedad que nos brinda, los estudiantes optan por estos bollitos y entonces siempre sucede lo mismo, hay que esperar un rato hasta que salgan del horno.

La chica que atiende, debe tener aproximadamente unos 20 años, no da abasto y pide ayuda a sus otros dos compañeros. Me refiero a un señor canoso de barba y otro muchacho joven, supongo que no debe superar los 24. Ambos se encargan de ayudar en la atención al público cuando el local está lleno.

Mientras todos esperan, el pequeño lugar de cortinas verdes se convierte en una especie de bar en el que la gente no para de hablar. Se puede escuchar conversaciones de las más variadas, chicas lamentándose porque les fue mal en el parcial de sociología, chicos hablando del torneo de fútbol de la facultad. Y hasta descifrar el rostro de una anciana (supongo que debe rondar los 60 años) por lo que aparenta, fastidiada de estar en el lugar esperando que de una vez por todas la atiendan.

Encontramos también al típico chanta que acaba de entrar y, sin respetar la cola que están haciendo las otras personas que llevan casi diez minutos, decide colarse de manera disimulada, tratando de no levantar la perdiz. Intenta esconderse entre las personas para llegar adelante y de a poquito lo va logrando. Cuando la chica pregunta quién sigue, el intruso levanta la mano tímidamente, sin hablar, pero dando a entender que es su turno.

Si nos damos vuelta podemos ver que la gente no le saca los ojos de encima, nadie se anima a decir nada, aunque seguramente todos deben estar pensando lo mismo. Así es como el individuo se sale con la suya y se retira de la panadería como si nada.

Son casi las siete, ya pasó más de media hora y no puedo seguir disimulando que vine a observar lo que sucede en el lugar. La chica me mira como esperando qué voy a llevar, la panadería está casi vacía y la situación se torna cada vez más incómoda. Me vuelve a mirar y entonces le pido dos pesos de bizcochitos. Cuando le voy a pagar se ríe, yo no puedo evitar ponerme colorada y también me río.

Ahora sí, decido retirarme del lugar, salgo haciéndome la disimulada con la misma cara que salió aquel intruso al momento de colarse. 

General Roca, agosto de 2007 

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