Rapsodia de un fracaso

Por Miguel Bosenberg
Mayo 2008
Redacción Periodística I
Aguafuertes Valletanas

Lo increíble de esto es que fue real; que sucedió de verdad. Le sonará tan inverosímil como si alguien le contara que Guillermo Ortelli, piloto que lidera el TC 2000, un día antes de la carrera que lo consagre campeón declare que, y sin ser daltónico ni albino, no pudiera seguir corriendo porque el color blanco de algunos autos se lo impidiera.

 O como si le dijeran que Martín Palermo, máximo referente del momento y goleador de los xeneizes, a un partido de su retiro como jugador profesional anunciara su transferencia a River. O peor aún, y hasta con cierta alevosía y descaro, que alguien lo quisiera convencer de que el objetivo de las investigaciones científicas de Favaloro hubiera sido el de lograr un ser descorazonado pero que, dado su gran corazón y para no poner en riesgo a nadie, tomó la decisión de experimentar consigo mismo, siendo éste el drama de su trágico final.

 Lo cierto es que pasó un día común, uno más de esos que se avecinan con cansancio de mediados de semana. Con rutina de trabajo intelectual. Creativo y de humana incumbencia pero fondeado y anclado en la estéril burocracia institucional de las dependencias estatales.

Un día de escuela y de profesores pero sin alumnos. Un día de aulas vacías. Un día en el que el sujeto se convierte en objeto. Un día de pensar al otro sin pensar con el otro. Un día de Jornada Institucional en una escuela secundaria de Neuquén.

Todo comenzó de lo más normal. Los que son de llegar temprano, llegaron temprano. Los que tarde, así lo hicieron. De a poco se fueron ocupando los lugares alrededor de las mesas de fórmica blanca de la Biblioteca escolar, que poco a poco fueron desapareciendo encerradas por la anatomía humana que las rodeaba. Círculos, de espalda a otros círculos, se fueron cerrando con docentes agrupados por amistad, por incumbencia departamental o simplemente por el mate. Siete rondas de diez o doce personas se formaron. Los más tardíos en arribar, como para no quedar afuera, iban formando como una especie de tribuna semicircular orientada hacia el pizarrón en el fondo del lugar.

Bizcochitos de grasa, facturas, galletitas y galletas brotaron a destiempo de bolsos, bolsas o maletines depositándose en caótica mezcla con cuadernos, agendas, anotadores varios y algunas prendas de abrigar sobre la mesa, formando una especie de obra de arte impresionista que, además de colores, combinaba sabores.

Para comenzar, las novedades que rara vez son nuevas, ya que se repiten año tras año, fueron acompañadas por las decisiones y políticas de último momento que, de tan apuradas que se toman, en general se pasan de largo y pocas veces queda algo. –Mejor- se escuchó decir una vez a un fulano. -De esta manera, las decisiones apuradas, siempre nos dan una segunda oportunidad.-

-Si- agregó otro- Aunque a veces haya que pedir perdón después-.

La cosa es que el plato fuerte vino luego. La gente del área de computación, metódica y prolija, presentaron estadísticas sobre los índices de repitencia y deserción del año anterior en este CPEM. La voz de alarma sonó en la mayoría, aunque algunos datos ya se venían anticipando: como resultado del ciclo lectivo del 2007, casi el cuarenta por ciento del alumnado había sido nominado como feliz acreedor a más tiempo libre; a no saber que hacer con sus jóvenes e incipientes vidas y a engrosar las estadísticas del fracaso escolar.

Ante tan alarmante situación la atinada propuesta de “ La Dirección ” conjuntamente con los asesores pedagógicos fue la de trabajar sobre el mejoramiento de las propuestas didácticas cotidianas, para lo cual se propuso una dinámica orientada a la identificación de los problemas propios de la práctica docente. Como era de esperar la primera reacción fue la de echarle la culpa a la falta de recursos, a la sobrepoblación de las aulas y los salarios magros, a la economía, a la sociedad y la familia, al banco mundial a Bush y a Bin Laden y por si nada de esto fuera lo suficientemente convincente, también se cargó contra ellos, los eternos baluartes resistentes del sistema, los desmotivados y faltos de amor propio, carentes de interés, desagradecidos, maleducados e incomprensibles alumnos.

Por suerte nunca falta un ubicado que con carismática e inapelable convicción llame a la reflexión: -Pero compañeros, no atendamos hoy lo que no está en nuestras manos resolver. No se puede negar la realidad que mencionan y que más de una de las causas expuestas son absolutamente verdaderas. Pero les pido por favor… atendamos las cuestiones que de nosotros dependen, que desde nosotros podamos mejorar. – Ante tan airada convocatoria de cordura y mellada y mal trecha la férrea oposición, se dio lugar a la propuesta de acción inicial.

Sucedió entonces que luego de casi tres horas de trabajo en grupos, en base a consignas previamente elaboradas por los que más saben, luego de sacarse el cuero, de exponerse frente a los demás, de mostrar debilidades, de echarse en cara y machacarse responsabilidades, de ofuscarse y enojarse; luego de recapacitar, tomar un minuto de aire y volver con ánimo de perdonarse, de reconstituir el vínculo y ceder ante la crítica para lograr la superación, de hacer meaculpas y apartar el ego del saber propio, de tolerar que alguien más haya dicho algo o desdicho su verdad; luego de sistematizar todo en un informe, abreviado pero sustancioso, conciso pero sistemático, sintético pero significativo; luego de la puesta en común donde cada grupo expuso su debate entrañable, su divague o su evasión; luego de tanto y como si todo esto fuera nada… ella habló!

Adulta sí, madura no se sabe. Una cara de rasgos finos aunque con cierta angulosidad exagerada. Cierta contracción en la expresión podía hacer sospechar una estructuración arcaica o infantil, que hacían pensar en preocupaciones y dolencias que sin duda venían de más lejos. Dispersa, consternada, la mirada huidiza pero honesta, le daban un aspecto frágil y débil. Las cejas curvadas hacia abajo en dirección a unos pómulos sobresalientes reforzaban una imagen triste, lastimosa, derrotada.

Quizá para asegurarse que la escuchen o quizá como reacción a la impotencia que debió invadirla tenazmente, se paró. Su abdomen abultado, pero no tanto como sus caderas, contrastaba con un par de hombros delgados y efímeros, volátiles, como si con su semiausencia se negaran a sostener las delgadas extremidades que de ellos pendían. Tal vez por ello ambas manos se sostenían mutuamente con fuerza a la altura de la pelvis. Los pies, que se intuían pequeños y mal parados, directamente se escondían debajo de la mesa.

Sus aproximados cuarenta y cinco años de edad con más de veinte en la profesión no fueron sin duda los que la hicieron llegar a esta conclusión, no pueden haber sido jamás ni causa ni efecto de tan fabulosa declaración.

Se paró, suspiró y luego dijo: - “Con esto de las gorras, ¡yo ya no sé qué hacer!… ¡con esto de las gorras! ¡Yo… ya no puedo dar más clases…!!”

No diga que no quedó sorprendido. No disimule su confusión. ¿La gorra dijo? Acá debe haber un error.

Y eso que usted tiene la posibilidad de releer. Allá no hubo manera de rebobinar. ¿De veras está hablando de una gorra?

¿Es acaso creíble, que por una gorra en la cabeza de unos cuantos alumnos que gustan de usarla a toda hora, no se pueda dictar clases? ¿Acaso interrumpirán cual jaula de Fahrenheit el flujo continuo de ondas mentales emitidas y recibidas alternativamente en el proceso de enseñanza aprendizaje? ¿Habrá querido decir que sus alumnos ignoraban el reglamento escolar que contraindicaba el uso de la gorra, y que evidentemente desoían sus indicaciones de quitárselas, sufriendo ella cotidianamente un gran desplante o desaire y que tan deshonrosa desobediencia socavaba en sus fundamentos su posibilidad de enseñar inglés?

No se supo nunca con exactitud y es mejor dejar de lado la ironía porque la cosa no terminó ahí.

A veces pareciera como que la estupidez es verdaderamente contagiosa porque es hasta casi vergonzoso admitir, que varios colegas se sumaron a la cruzada de la gorra. Unos a favor y otros en contra pero todos enredados en la discusión haciéndola tan importante que dejar de lado las conclusiones sobre las ideas de cómo mejorar la práctica cotidiana del enseñar era absolutamente justificado. Claro, pensar en ello implicaba pensarse a sí mismos, implicaba admitir errores y dificultas, implicaba la necesidad de modificar conductas adheridas y hábitos añejos de profesión, implicaba esfuerzo y sacrificio. Ante tales amenazas unas cuantas gorras en las cabezas de los alumnos bien valían la categoría de problema tan fundamental que se merecían una mayor atención que la problemática de la repitencia y la deserción.

Hasta la directora, docente con años de aula en su haber, persona inteligente, receptiva y abierta, de criterio amplio en general, pero sin duda castigada por su exceso de compromiso laboral, porque en estos trabajos pasa así, el que quiere trabajar lo mejor y lo más posible, lo paga con su salud, con dos toneladas de noches de mal dormir sobre su espalda doblada y cada vez más gacha por su ego y bondad maltratada, con ojeras pegadas como maquillaje de una escena de terror, quizá traicionada por un impulso hiperdemocrático, pero sin advertir las nefastas consecuencias evasivas, se hizo eco de la disputa, y avaló la situación.

Triste día para los más idealistas, lamentable momento para la utopía de un soñador.

Consuélate raza humana que la esperanza sigue intacta. Porque las pesadillas se hacen realidad y las desgracias solo ocurren, en unas pocas jornadas. 

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