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TEÓRICOS

EL MUNDO DE POSGUERRA

El regreso del peronismo al poder. Crisis. Antesala del golpe de 1976

Capítulo 4

Por Juan Carlos Bergonzi (*)

Este trabajo es el cuarto de una serie de cuatro. Están destinados a los alumnos cursantes y libres de las asignaturas Actualidad Informativa II (Plan 342-95) y Redacción Periodística I y II. de la Tecnicatura en Comunicación, Orientación Periodismo y Licenciado en Comunicación Social. (Planes 343-95 y 173-03)
Tiene como propósito pedagógico brindar una aproximación teórica de los cambios ocurridos luego de la Segunda Guerra Mundial. Sus correlatos en América latina y, especialmente, en la vida institucional de la Argentina.
La citas bibliográficas y hemerográficas constituyen una razonable fuentes de consulta para ampliar la mirada sobre los temas planteados.

Indice:

1. El retorno del peronismo a principios de los setenta
2. Crisis y deterioro social
3. Conspiración y golpe
4. Bibliografía y fuentes.

1. El Peronismo en el Gobierno. 25 de mayo de 1973
Los principales actores castrenses de la Revolución Argentina de 1966 y, en este caso del presidente dictador Alejandro A. Lanusse, en coherencia con esos postulados anuncia, el restablecimiento de la actividad política partidista y la devolución de los bienes y fondos de los partidos políticos que habían sido confiscados.
En 1972 el gobierno decide la convocatoria a elecciones generales para el año siguiente y la prohibición de que el jefe del peronismo pueda ser candidato.
El tiempo político llega a su clímax con las elecciones donde resulta victorioso el Peronismo con su candidato Héctor J. Cámpora. La Unión Cívica Radical logra el segundo puesto y otras alianzas obtienen una cantidad importante de votos. La participación ciudadana, superior al 85 por 100, significa una manifestación de repudio a la dictadura y a los militares que durante siete años gobernaron el país.
La movilización castrense iniciada con el derrocamiento del presidente constitucional en 1966 con la Revolución Argentina a su frente destinada a ofrecer una respuesta de reestructuración a la sociedad y fundar otra República concluía. Perón, y el movimiento por él fundado en 1945 continuaban atravesando la vida social, política, económica y cultural de la Nación. Este proceso de protagonismo del movimiento popular sobre las proscripciones fue el fenómeno dominante desde su derrocamiento con el golpe de 1955. La Revolución Argentina pretendió superar la historia sin entenderla y con una visión extraída de otras revoluciones políticas y culturales de signo distinto. Los militares continuaban sin entender la participación sin restricciones de toda la sociedad.
El peronismo de nuevo en el poder con su presidente Héctor J. Cámpora abría un espacio de juegos políticos de aprobación por los sectores medios y altos de la sociedad. Los hechos de violencia urbana y guerrillera que precedieron y se mantenían latentes en el contexto electoral, eran recibidos con tolerancia y complacencia. La prédica de diez años atrás desde la revista Primera Plana con sus mensajes refundacionales fue olvidada junto con el aval que también otorgó gran parte del cuerpo social. Halperín Donghi lo relaciona con claridad: “Lo que no cabía adivinar en 1965 era el peligro implícito en la frivolidad cultural y política así estimulada, que sólo iba a hacerse patente en la indulgencia cómplice con que tanta parte del stablishment iba a recibir los anuncios de una primavera de sangre prodigados por los feroces coros montoneros que celebraban anticipadamente el triunfo de Cámpora.”
Héctor J. Campora jura como presidente y un mes después Juan D. Perón abandonó su exilio en Madrid y regresó a la Argentina. Un acuerdo del peronismo y sus aliados electorales lleva a la renuncia de Cámpora a los cuarenta y cinco días de ejercicio del poder. Se trataba de abrir el camino a su jefe político hacia la presidencia mediante nuevas elecciones, éstas sin las prohibiciones de candidaturas.
En la breve “primavera camporista”, como se dio en llamarla popularmente, se produjeron hechos que preanunciaban la complejidad de los futuros años: liberación de presos políticos y provenientes de la guerrilla, participación activa de la juventud en puestos de gobierno, continuas movilizaciones de los sectores marginales alentados por las organizaciones armadas de extracción peronistas y de las izquierdas.
El turbulento clima de reivindicación obrera, sindical, estudiantil se expande por todos los contornos del país.
La dirigencia sindical ortodoxa no recibe con agrado al presidente Cámpora. Perón, en su estrategia de toma del poder, se había apoyado más en la fuerza juvenil y los cuadros políticos tradicionales. La juventud, combativa y decidida a provocar un cambio revolucionario en la sociedad argentina de los setenta, observa en Perón la encarnación de esa transformación.
La joven generación, proclamada protagonista decisiva y con fuerza arrolladora se hizo carne en la opinión pública. La imagen romántica, desinteresada hasta para dar la vida impregnaba la conciencia de la sociedad nacional.
Los actos de violencia eran producto de la heroicidad en la defensa de la libertad; los menos juzgaban las acciones de las organizaciones armadas como actos sanguinarios. La sociedad, confiaba en la potencialidad de Perón, líder sin discusiones.
Romero, J.L. observa cómo los sectores del más diverso signo ideológico coincidían en la imagen de Perón como símbolo de una política nacional y popular. “Ante el avance de los movimientos subversivos y de acción directa, con su secuela de asesinatos, secuestros y audaces golpes de mano, buena parte de la clase media y alta de tendencia apolítica o conservadora se inclinó por Perón, en el que vieron una garantía de orden y paz. Sólo con esto el apoyo estaba justificado. Pero en estos mismos sectores aparecieron otros fundamentos más concretos relacionados con diversas actividades sectoriales: los productores agropecuarios pensaron que se debía apoyar su actividad. Los empresarios de la pequeña y mediana industria supusieron que se profundizaría la antigua concepción del peronismo en este tema derivando hacia ellos mayor caudal de crédito; los inversores extranjeros pensaron en condiciones favorables para el desarrollo e incremento de las inversiones... ”
La esperanza invade todos los rincones de la vida argentina y esa percepción no se detuvo ni ante los hechos más violentos e incomprensibles: el regreso de Perón a Buenos Aires origina una matanza entre sectores antagónicos y anticipa las horas difíciles que se aproximaban: “Como en un holocausto ritual, para que quedara probada la intensidad del proceso de cambio estructural, insensible a la magia de cualquier Mesías”
¿Se estaba, empero, frente a la posibilidad de cambios en las estructuras sociales y económicas del país?. ¿O sólo fue un tiempo de ilusiones alrededor de un símbolo sincrético de todas las aspiraciones y las frustraciones?
Los dos interrogantes se pueden contestar afirmativamente pero con salvedades. La posibilidad de iniciar cambios estaba en la ideología de los grupos más radicalizados del movimiento peronista. El líder máximo los había alentado y aprobado. Para los sectores conservadores del movimiento eran impensables y debían detenerse. El enfrentamiento de los bandos sobre el proyecto de una “Argentina socialista” o “Argentina peronista” constituye la síntesis de las divergencias que llevarán a hechos y acontecimientos de violencia superlativa.
El tiempo de ilusión fue para todos desde cada punto de observación y protagonismo. El movimiento incorporaba a todos porque su doctrina estaba distante de los dos imperialismos: ni pro Estados Unidos ni pro Unión Soviética. La Tercera Posición era la consigna de base. Perón más cerca ideológicamente de la tradición neutral del país, de Tito o del movimiento de No Alineados no veía dificultades en tomar distancias de la bipolaridad.
El impacto de los movimientos de fines de los sesenta observados desde su exilio en Madrid dejaron una profunda ratificación a sus convicciones sobre los cambios en el planeta. En consecuencia, la Argentina de principios de la década de 1970 incluye ilusiones y deseos significativos de comenzar otra etapa de reconstrucción. Era ese el imaginario colectivo de esos días.
Los hechos del aeropuerto internacional conocidos como “la matanza de Ezeiza” marcarán la ratificación del clima de violencia política que ni el mismo Perón, sobre quien se había depositado la confianza en su poder de pacificación y ordenamiento social, pudo contener. Su movimiento y partido, excluido y marginado de la participación directa por más de quince años estaba de nuevo en el poder. La etapa de oposición había terminado de manera definitiva.
Perón propone un Plan Trienal que apuntan a los siguientes rubros: expansión económica, plena justicia social, mejora de la calidad de vida, unidad nacional, democracia social e integración de América Latina. El programa se basó en pactos sociales y en la concertación entre la Confederación General Económica (CGE) que agrupaba empresarios menores y la Confederación General de Trabajadores (CGT) También apoyaron la Unión Industrial Argentina, compuesta de empresas mayores, incluidas multinacionales.
Los altos niveles de inflación heredados del gobierno militar saliente fueron contenidos por el Plan de Estabilización. El pacto entre sectores sirvió para congelar precios y salarios y lograr un breve periodo de tranquilidad en el campo de la economía. Pero mientras los precios de exportación de productos primarios tienen su boom, la crisis económica internacional (1973-1974) vuelve a colocar a la política en el centro del debate. El Plan es alterado por el fin del marco negociador. La inflación, con la consiguiente devaluación de los salarios de obreros y empleados, vuelve a hacer emerger la crisis.
El acercamiento y la concertación de sectores enfrentados tales como la central de trabajadores y la confederación de empresarios medios, y la aprobación del empresariado mayor se desvanece. Halperín Donghi señala que los cambios, iniciados en la economía a fines de la década de 1960, fueron irreversibles. Tanto los sindicalistas como empresarios habían hecho de la resistencia corporativa más que la lucha por los salarios. Esa resistencia los lleva a la defensa de la estructura económica y a lograr consensos explícitos como el plan social y de estabilización que más tarde no pueden sostener. El Pacto Social, destinado a reconstruir un sistema de convivencia política, con inclusión total de los partidos y de las organizaciones de interés, se desarticulaba. La garantía de Perón como sostén de ese nuevo concepto de democracia integrada se devalúa.
La conclusión del Pacto Social deja al descubierto las antinomias y las fracciones en pugna. Las fuerzas guerrilleras peronistas que habían aceptado una tregua con Perón presidente comenzaron a dar señales con fuertes críticas al gobierno. Las otras formaciones guerrilleras actuarán directamente en el convencimiento de que el peronismo no es revolucionario y nada se puede demandar de su proyecto político ni de su conductor. Las operaciones de ataques contra unidades de las Fuerzas Armadas, asesinatos de oficiales y civiles provocaron un vuelco definitivo del gobierno hacia las instituciones del Estado y, entre ellas, las Fuerzas Armadas.
La violencia creciente de la guerrilla es correspondida con respuestas del Poder Ejecutivo que son observadas con cierta confianza por la población. Pero el enfrentamiento de sectores, la crisis económica que implicó escasez y mercado negro, no pudieron evitarse.
La ruptura de la alianza con la Juventud Peronista y la organización montoneros en el acto del 1 de mayo en la emblemática Plaza de Mayo resulta una dura confrontación con la realidad. Los jóvenes, disgustados con la forma de conducir el país, se alejaron del líder y ese divorcio anuncia la sombra de la tragedia.
Perón muere el 1 de julio de 1984 y María Estela Martínez de Perón, su compañera de formula electoral, es elevada a la presidencia de la República.

2.Crisis y deterioro institucional

La presidenta llega al poder en calidad de heredera del movimiento político, pero también simboliza las instituciones del país. La desaparición física del conductor deja al descubierto sectarismos y antinomias entre sectores enfrentados económica e ideológicamente. Los consensos alcanzados por Perón, caen en medio de un clima de intolerancia y violencia. El rumbo del gobierno no es concreto y marcha a la deriva. Las disputas sindicales, las operaciones de grupos paramilitares de extrema derecha agrupados en una Alianza Anticomunista Argentina (llamada la triple A), las organizaciones armadas Montoneros y Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) éste último de origen troskista crean un ambiente de descomposición social y de luchas armadas entre los bandos.
Los sindicatos presionan a la Confederación General Económica que participa en el Poder Ejecutivo a través del Ministerio de Economía. La lucha por ocupar espacios decisionales en el poder del Estado obliga al sector empresarial a abandonar alianzas y desistir de co-protagonizar la tarea de gobernar con la vicepresidenta en ejercicio constitucional de la presidencia de la República.
La “unidad nacional”, o “la democracia integrada” sustentada en un esfuerzo de tácticas y estrategias llevadas a la práctica por la convocante figura de Perón, entra en un cono de sombra. Las contradicciones tan temidas por la sociedad argentina no peronista retornan al escenario y estallan en actos cotidianos de barbarie. Una tendencia a la purificación del cuerpo de funcionarios del gobierno federal y de las provincias es una forma de declarar una guerra en la urdimbre del cuerpo social. La calificación de infiltrados dentro del partido o del movimiento es definitiva para erradicar adversarios en los grupos predominantes que rodean la gestión de la presidente.
La exclusión del sector representativo de los grupos empresariales de la cartera de Economía es significativa porque derrumba el pacto social. Una percepción compartida por los Montoneros que comunican su pase formal a la clandestinidad y sus futuras acciones guerrilleras que tendrán su correspondiente réplica por parte de grupos paramilitares ilegales como la comentada Triple A o de la policía y Fuerzas Armadas.
La degradación de la gestión es visible comienza a sentirse vacío de poder. El sistema constitucional, agredido por intervenciones federales a varias provincias e irregularidades en el funcionamiento parlamentario, tiene, no obstante, contenido como para encontrar soluciones a la crisis. Un relevo transitorio de la presidenta por parte del titular del Senado abre una esperanza de solución que finalmente no emerge por el alto grado de descomposición institucional.
Las Fuerzas Armadas fueron tentadas para ser incluidas en un gobierno de transición hasta cumplir el periodo del mandato presidencial. La oferta de “bordaberrización” con la disolución del Parlamento no fue aceptada. Era obvio que pretendían convertirse en reserva frente a la gravedad de los hechos. La conspiración para hacerse cargo del poder y devolver a la Argentina al orden y la disciplina social no les permitía acceder a una convocatoria basada en una tibia solución política.
El investigador francés Alain Rouquié en un estudio sobre las Fuerzas Armadas argentinas destaca el rol político que ellas jugaban “en virtud de ser el grupo de mayor consistencia y unidad interna que existía en el país, siendo esta una condición ventajosa frente a una sociedad y a un sistema político muy dividido ”
La profundidad de la crisis tiene sus manifestaciones en la economía con planes antiinflacionarios que incluyen devaluaciones persistentes con la consiguiente pérdida del salario real del sector del trabajo. El déficit fiscal alcanzó en 1975, la cifra del 12, 4 por ciento del PBI. Los precios y las tarifas de servicios públicos registraron aumentos superiores al 50 por ciento por mes. Un cuadro de deterioro al que se suman acciones patronales con lock out, huelgas de empleados, protestas callejeras y la acción activa de la violencia guerrillera con ataques a cuarteles y objetivos civiles. Desde la derecha las operaciones de secuestros y fusilamientos de militantes e “infiltrados” por parte de grupos clandestinos (caso Triple A) conforman un clima de intolerancia y terror que hace profundizar en la consciencia de la sociedad la pérdida de reconocimiento de la autoridad del Estado.
El Estado, de acuerdo con la definición de Emilio Durkheim, es un órgano de racionalidad capaz de contraponer sus iniciativas a las ideas difusas y contradictorias que pueden existir en una sociedad acerca de las metas y orientaciones más adecuadas para servir a los intereses colectivos.
La lucha contra la guerrilla ofrecerá al Estado una posibilidad de aparentar un principio de reconstrucción. Pero la acción por la vía paramilitar, tolerada por el Poder Ejecutivo suma elementos para observar la disolución estatal. La fragmentación de la sociedad a través de sus corporaciones patronales y sindicales impedía articular alguna oposición al gobierno. El Estado como garante del interés general estaba en extinción.
La adjudicación total de la lucha contra la guerrilla o subversión en lenguaje castrense a las Fuerzas Armadas hasta su neutralización o “aniquilación”, permite a la burocracia uniformada avanzar decididamente sobre el poder a pesar de ciertos esfuerzos de los partidos democráticos históricos por encontrar una salida concertada a fin de mantener la institucionalidad.
El encargo, por decreto presidencial, a las Fuerzas Armadas de combatir la lucha guerrillera en todo el territorio nacional “hasta su aniquilamiento” es la señal clara de que “el genocidio estaba en marcha”.
¿Se estaba frente a una situación sin retorno?. La posibilidad de que la Asamblea Legislativa declarase inhábil a la presidente no tuvo resolución inmediata y, finalmente desestimada. El mismo presidente del Senado, a cargo brevemente del Poder Ejecutivo, fundamenta su decisión ante lo irreversible de la intervención militar. “La falta de viabilidad constitucional de la convocatoria solicitada me llevó a procurar evitar el enfrentamiento político y la fractura del justicialismo “(peronismo),
En realidad, la caracterización del titular de la Cámara de Senadores es una declaración de impotencia pero también informa de una parálisis de los políticos moderados del peronismo para imponer una solución dentro del débil estado de derecho.
La falta de un plan económico hizo el resto para llegar al umbral del comienzo de la caída. En síntesis: la crisis económica, la crisis política, el terrorismo de izquierdas y derechas y el desprestigio de la figura presidencial crean el campo fértil para la conspiración militar.

3. Conspiración y golpe terminal

La clase alta argentina organizada en la Asamblea Permanente de los Grupos Empresariales (APEGE) daba lugar a otros tradicionales grupos de poder económico exportador tales como la Unión Industrial Argentina, Cámara de Comercio y la Sociedad Rural Argentina. Estas fuerzas estaban en conflicto permanente con los sectores empresariales medios y fundamentalmente contra el poder de los combativos gremios peronistas conducidos por la ortodoxia del sindicalismo nacional.
La pérdida del poder adquisitivo del salario producto de las continuas devaluaciones movilizaba a los trabajadores en luchas para obtener compensaciones. En los meses previos al golpe de Estado la inflación trepó al 300 por ciento y el salario real cayó en su nivel más bajo en los últimos quince años anteriores.
“En diciembre de 1975 la APEGE decidió enfrentarse con los sindicatos, negándose a cumplir con los salarios y las cargas adicionales (...) instaba a los empresarios a definirse y actuar contra el avance sindical, la injusticia, la arbitrariedad y la corrupción y proponía una contraofensiva contra el ataque a la propiedad, la iniciativa y la empresa privada que están sucumbiendo”
La propuesta de los grupos de poder más importantes de la Argentina de lock out era novedosa para el país pero registraba antecedentes en operaciones patronales de desgaste similares hechas al gobierno de Salvador Allende en Chile de 1973.
En medio del descontrol económico y social las Fuerzas Armadas concretan un operativo en una provincia del norte denominado “Independencia” destinado a derrotar a las organizaciones guerrilleras asentadas en ese espacio distante a casi 1700 kilómetros de Buenos Aires. Sus prácticas de foquismo no dieron los resultados esperados y el Ejército regular las desestructuró y aniquiló.
Mientras la Fuerzas Armadas daban la imagen de prescindencia en el poder político y en la conducción del Estado, actuando con subordinación tal cual lo establece la Constitución, la fuerza arrolladora y devastadora de la inflación abría la puerta para el desenlace.

REPUBLICA ARGENTINA.  CRECIMIENTO DE LA  DEUDA EXTERNA

1975-1976

10.000  millones de dólares

Deuda que dejó el gobierno derrocado por el golpe militar del 24.3.1976

1976-1983

40.000 millones de dólares

Durante la dictadura militar (1976-1983) el endeudamiento externo creció 32.000 millones.

1983-2000

110.000 millones de dólares

Desde la restauración democrática, en diciembre de 1983, el endeudamiento no se ha detenido llegando a la suma consignada. El volumen actual equivale a un tercio de PBN.

Fuentes consultadas
- De Riz, Liliana (2000)Historia Argentina. La política en suspenso 1966/1976. Paidós. Buenos Aires. Barcelona. México
- Muchnik, Daniel (1998) Argentina Modelo. De la furia a la resignación. Economía y política entre 1973 y 1998. Manantial, Buenos Aires.

“Entre febrero de 1975 y febrero de 1976, los precios mayoristas habían trepado el 403 por 100. Si se mantenía ese crecimiento la tasa de inflación alcanzaría rápidamente el 600 por 100. Finalmente eso ocurrió. Esa cifra fue uno de los grandes justificativos del golpe de Estado de 1976”.
El modelo económico de la “integración social” pensado por Juan D. Perón en su retorno a la Argentina no resistía el deterioro de la economía con sus secuelas de temor y desconcierto en la sociedad civil. La conspiración para cambiar el modelo, previo derrumbe del gobierno de Isabel Perón estaba en marcha desde 1975 con la participación de la citada APEGE y una primera línea de economistas encabezados por quien sería el ministro de Economía de la dictadura. Ese plan necesitaba de la descomposición económica y política para su legitimación.
El deterioro era extraordinario. La deuda externa superaba los 10.000 millones de dólares y la recesión con un paro del 10 por 100 brinda las
circunstancias finales. Todo cubierto por la violencia traducida en secuestros, asesinatos, desapariciones forzadas de personas y atentados a la propiedad.
Un plan contra gremios, jefes sindicales, empleados, obreros, se redactaba de forma inexorable para su implementación una vez tomado el poder. No obstante la caracterización de fervientes anticomunistas, no ofrecían a los conspiradores cívico-militares garantías suficientes frente al nuevo modelo económico que se basaba en apertura de la economía, sin la intervención del Estado; privatizaciones de las grandes empresas de administración estatal, reconversión de las empresas nacionales de productoras a ensambladoras con subsidiaridad de matrices extranjeras. En síntesis, una redefinición del aparato industrial argentino con el objetivo de “mejorar los precios y procurar la eficiencia de la estructura productiva”. Las rebajas arancelarias favorecerían la importación de productos de calidad y desarrollarían criterios de “competitividad“ en la industria local.
De acuerdo con el análisis de la economía de esos años realizado por Daniel Muchnik “el propósito manifiesto era que la economía se saneara que fuera competitiva y altamente productiva sin la intervención del Estado. El propósito oculto era eliminar de cuajo toda base de sustentación de las políticas populistas, acallar al sindicalismo combativo, disciplinar a los obreros. Quebrar a la pequeña y mediana empresa -Pymes- (industrial, rural y financiera) equivalía a golpear en el corazón de la resistencia (...) Esto tenía una simetría con la política de los militares. El propósito manifiesto era poner orden en el país caotizado y el propósito oculto fue masacrar en las tinieblas a todos aquellos que se opusieran a sus ideas”.
Esta línea de pensamiento frente a la ruptura institucional rompe de alguna forma el análisis tradicional o más estandard de los golpes de Estado en América Latina. Jean-Yvez Calvez define al golpe de Estado militar como un mecanismo de “interrupción” del poder precedente y de “purificación” y con intención de cambiar la sociedad. Pero el autor e investigador francés no relaciona, cuando se refiere a la Argentina, la correlación entre fuerzas obreras organizadas, proyectos económicos con elevado sesgo de favor hacia los sectores tradicionales y desarticulación del aparato industrial nacional. Su visión del peronismo al que llama “populismo” no le permite ingresar en la urdimbre del país para estudiar con profundidad la causalidad de los hechos. No obstante el reconocimiento de que han existido golpes de Estado de carácter “revolucionario “ como el de Nasser en Egipto y Velazco Alvarado en Perú su mirada sobre el alcance del golpe en la Argentina de 1976 no queda explicitado en términos distintivos frente a la magnitud y consecuencias de esa ruptura en la Argentina de 1970-80.
Otra observación, esta vez más coincidente con los sucesos ocurridos es la del ya citado Alain Rouquié. Según este autor, especializado en sociología del poder militar en Argentina, la vida política de los países de América Latina está controlada por el sector exportador, “sector decisivo afirma- de esas economías extravertidas” y agrega “Se puede distinguir, teóricamente al menos, porque las realidades son menos claras y más cambiantes, por un lado aquellas naciones en las que grupos económicos locales tienen en mano los mandos de la economía y controlan el salario del país y aquellas otras con economías de enclave en las que el principal producto de exportación es explotado por sociedades extranjeras. Esta distinción es capital para evaluar la consistencia y la influencia de las clases superiores”.
En un estudio sobre las conspiraciones antidemocráticas del siglo XX, el autor español César Vidal entiende que para que se pueda producir el triunfo de una conspiración debe haber contextos indispensables. “Sin la decisión suficiente, el apoyo de poderes fácticos de cierta envergadura, la agitación desestabilizadora previa, el apoyo internacional y su historia oficial no existe una conspiración que tenga posibilidades de alzarse con el triunfo”. Vidal no sólo otorga un lugar preeminente a los contextos previos que posibilitan la acción de los que pretenden el poder por vías no institucionales. Los prerrequisitos son valiosos pero no determinantes y enumera una serie de razones más profundas “de honda raigambre humana y, que por su carácter filosófico pueden pasarse por alto. Lo cierto es que si las conspiraciones nacen, se desarrollan y, eventualmente triunfan hay que atribuirlo a la visión escatológica y antropológica de la que participan, no pocas veces de manera inconsciente, los hombres y mujeres de nuestra era”.
De acuerdo con Vidal, en la Argentina de 1976, los prerrequisitos contextuales y la posición de la sociedad humana otorgaban indicadores positivos a la acción conspirativa de los militares. Uno de los factores externos que gravitó para la toma de decisión final de los golpistas fue la posición del gobierno de los Estados Unidos de América. Una investigación del diario Clarín de Buenos Aires sobre documentos desclasificados da cuenta de la información previa que disponía el Departamento de Estado sobre la situación argentina. Estaban en conocimiento que la gestión militar no afectaría, por el contrario iba a ser propicia, a los intereses estadounidenses en el país. Los documentos revisados por los autores de la investigación periodística fueron ciento veinticinco y habían sido enviados por la Embajada en Buenos Aires entre octubre de 1975, en plena crisis institucional del país y del peronismo, y mayo de 1976, dos meses después de instalada la dictadura.
El conocimiento del gobierno estadounidense de la inminente actuación de las Fuerzas Armadas con el propósito de tomar el poder era preciso. El contexto interno y el internacional eran propicios para derrocar al gobierno constitucional. El golpe del 11 de septiembre de 1973, con anuencia y participación directa de la Central Intelligency Agency (CIA) era la experiencia más inmediata para el Departamento de Estado de los EE.UU. de América. Para los autores de la investigación periodística citada el secretario de Estado del la presidencia Gerald Ford, Henry Kissinger la visión de la Argentina en febrero de 1976 fue actualizada mediante un documento clasificado como secreto titulado “Posible golpe en Argentina” donde se aseguraban los planes castrenses -y de sus coconspiradores civiles- con respecto a la forma de gobierno que se instituiría tras el golpe: la suspensión del Congreso, un presidente militar y una intensificación de la lucha contra la guerrilla con la seguridad de violaciones a los derechos humanos.
Finalmente, el 24 de marzo de 1976 la casa Rosada amaneció tomada. La presidenta María Estela Martínez de Perón fue detenida y una Junta Militar, integrada por los comandantes en jefe de la Marina, Ejército y Aeronáutica comunicó al país la determinación militar y el nuevo gobierno de un ciclo que se llamaría “Proceso de Reorganización Nacional”. La conspiración triunfante dio paso a la instalación de la dictadura cívico militar.

ARGENTINA:   CRONOLOGIA POLÍTICA ENTRE 1955-1976
Antecedentes hasta el golpe militar de 1976

1955-1958. Golpe de Estado contra el gobierno de Juan Domingo Perón. Asume un gobierno militar autodenominado "revolución libertadora" La presidieron los generales Eduardo Lonardi y Pedro Eugenio Aramburu.

1958-1962. Asume un gobierno constitucional elegido en elecciones. Lo preside Arturo Frondizi, disidente de la Unión Cívica Radical. Contó con el apoyo electoral del peronismo proscrito por la "revolución libertadora". Es derrocado y encarcelado en marzo de 1962.

1962-1963. Sin asumir formalmente los militares gobiernan designando al presidente provisional del Senado, doctor José María Guido. Se producen enfrentamientos armados entre sectores del ejército (Véase cap. 2)

1963-1966. Gobierno de la Unión Cívica Radical. Presidente Arturo U. Illia.  Llega al poder con la proscripción electoral del peronismo y esa falta de participación cívica atenta contra la legitimidad de su mandato. Es derrocado por la "revolución argentina". (Véase cap. 2)

1966-1973. Gobierno de la autollamada "revolución argentina". Se suceden tres presidentes elegidos por las fuerzas armadas. Fracaso del proyecto refundacional  del poder castrense.

1973-1974. Elecciones con la participación del peronismo (Justicialismo) en la contienda electoral. Es elegido Héctor J. Cámpora, candidato de Juan Domingo Perón. Renuncia. Luego de nuevas elecciones, Perón es presidente. Muere  en 1974. Asume la vicepresidenta, su mujer, Isabel Martínez.

1974-1976. Presidencia de la viuda de Perón, que lo sucedió en su carácter de vicepresidenta. Es derrocada por el golpe de estado de las fuerzas armadas el 24 de marzo de 1976. Se instala, hasta 1983, la dictadura militar.

4.Bibliografía y fuentes

AMATO, Alberto y otros “Anatomía de un golpe” en diario Clarín. Buenos Aires. Argentina. Sección Zona, 1 de noviembre de 1998

ANDERLE, Ádám / GIRÓN, José (edis) ( 1997) Estudios sobre las transiciones democráticas en América Latina. Oviedo, Universidad de Oviedo. Servicio de Publicaciones.

BERGONZI, Juan Carlos Golpes militares y salidas electorales en Argentina y Chile. Medios, conflicto, autoritarismo y democracia. Trabajo final de la asignatura “La Comunicación del Conflicto” dictada por el doctor Santiago Ramentol en el marco del Programa de Doctorado en Periodismo y Comunicación. (1998-2000) Universidad Autónoma de Barcelona. 16 de junio de 1999.

BONASSO, Miguel (1997) El Presidente que no fue. Los archivos secretos del peronismo. Buenos Aires, Planeta. Espejo de la Argentina.

De RIZ , Liliana (2000)Historia Argentina. La política en suspenso 1966/1976. Paidós. Buenos Aires. Barcelona. México

DURKHEIM, Emilio (1966) Lecciones de Sociología y Física de las costumbres y del Derecho. Buenos Aires, Editorial Schapire.

HALPERÍN DONGHI, Tulio(1994) La larga agonía de la Argentina peronista. Buenos Aires,

LUDER, Italo A. (1977) El proceso argentino, Buenos Aires, Corregidor.

MUCHNIK, Daniel (1998) Argenytina modelo. De la furia a la resignación. Buenos Aires. Ediciones Manantial.

ROMERO, José Luis (1987) Las ideas políticas en Argentina, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 10ª. Reimpresion

ROUQUIÉ, Alain (1985) Poder militar y sociedad política en la Argentina. Buenos Aires, Emecé.

ROUQUIÉ, Alain (1987) L´Amérique latine .París. Ed. Du Seuil

VERBISTKY, Horacio (1995) Ezeiza Buenos Aires

VIDAL, César (2000) La estrategia de la Conspiración. Conjuras antidemocráticas en el siglo XX. Barcelona, Ediciones B Grupo Zeta.

GUILLESPIE , Richard. (1987) Soldados de Perón . Los Montoneros. Buenos Aires. Grijalbo

*Periodista. Profesor e investigador en Comunicación Social. Facultad de Derecho y Ciencias Sociales. Universidad Nacional del Comahue.

Prohibida la reproducción total o parcial de este trabajo. Si quiere citarlo o establecer un enlace:
Juan Carlos Bergonzi. "El mundo de Posguerra". Red-accion, sitio web del Area Periodismo de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales.
General Roca: Universidad Nacional del Comahue. Disponible en:
(Capítulo 1) http://red-accion.uncoma.edu.ar/asignaturas/mundoposguerra1.htm
(Capítulo 2) http://red-accion.uncoma.edu.ar/asignaturas/mundoposguerra2.htm

(Capítulo 3) http://red-accion.uncoma.edu.ar/asignaturas/mundoposguerra3.htm
(Capítulo 4) http://red-accion.uncoma.edu.ar/asignaturas/mundoposguerra4.htm